¿Comuniones religiosas o civiles?

La sociedad celebra con alegría y fiesta tres acontecimientos que dejan de ser solo familiares para tener además un impacto social: bautizo, comunión y boda.

En la sociedad occidental, en nuestra cultura, hasta ahora estas celebraciones tenían un componente religioso. Primero se celebran en la iglesia, con la pompa, el boato y la armonía ensayada durante siglos, que llena de magia y espectacularidad la ceremonia,  y luego una fiesta civil, mundana, alegre, en el que las familias intentan dar brillantez social a la celebración.

En realidad, la iglesia asume como propios los ritos que todos los pueblos desde el principio de los tiempos han celebrado. La llegada de un nuevo miembro a la comunidad: el bautizo. Otro día recordaremos los relativos al nacimiento, como en Esparta, en donde cada nacido era un futuro guerrero y le sometían a pruebas que si no superaba llevaba al infanticidio sin más. O sea, nuestra sociedad es más generosa y acoge a todo recién nacido, sin descartes como en Esparta y en tantas otras culturas. También, aunque lo haremos otro día, hablaremos de los “bautizos” civiles.

Pero si en la historia hay unas festividades equivalentes a nuestra fiesta de la comunión son todos los ritos que todas las culturas celebran para conmemorar el paso de la niñez a la madurez.

De nuevo nuestra cultura sólo reproduce la parte festiva de este paso, de este abandono de la niñez. Espantaría conocer las pruebas a las que niños y niñas eran sometidos para ser aceptados en la tribu como miembro de derecho. En nuestra cultura, la fiesta de la comunión supone el acto social en el que la familia presenta a familiares y amigos cómo ha evolucionado y crecido aquel bebé que fue presentado siete u ocho años antes. Además de la celebración religiosa, de la que se encarga la Iglesia, la familia echa el resto: traje maravilloso, como pequeñas novias o almirantes, primeras joyitas, fotos en jardines, banquete…

¿Y qué ocurre con estas celebraciones en una sociedad cada vez menos religiosa? ¿Está dispuesta a renunciar a las fiestas que marcan esos hitos a lo largo de su vida? Pues, no.

Tras la aprobación del divorcio comenzaron las bodas civiles, discretas primero y cada vez más recuperando la espectacularidad de las ceremonias religiosas.

Asentado ya esta adaptación, presentar al niño en el juzgado o en el ayuntamiento para inscribirlo como nuevo miembro de la comunidad dio paso a lo que llamamos, y se celebra con el mismo esplendor, bautizo civil.

Ha costado más integrar en una sociedad laica, la comunión civil. ¿Cómo hacer que una niña renuncie a su traje de princesa y qué niño quiere dejar de ser Almirante de la Marina por unas horas? El paso  del abandono de la niñez y la llegada a la madurez no podía quedar sin celebración. Y entran en sociedad las “comuniones” civiles. Una presentación en sociedad a la que son convocados familiares y amigos.

Bienvenidas sean las nuevas celebraciones. Religiosas o civiles, a lo largo de una vida, cada persona tiene derecho a momentos de gloria, de protagonismo, y a compartirlo con el entorno de familiares y amigos.

¡Qué brillen y que sigamos teniendo motivos para celebrar la vida!